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sábado, 6 de septiembre de 2014

2074. BOTAS DE CURRANTE (RELOADED)

A David le conocí a través de un contacto que puse en un
chat de madrugada en la televisión local.
Trabajaba en la obra puliendo hormigón.
Me llamó al móvil cuando ya ni me acordaba del anuncio.  
Me dijo si tenía sitio para vernos
y chuparle la polla.
Quedé con él, pero me dijo que antes tendría que ir 
a su casa a ducharse y cambiarse de ropa 
pues acababa de terminar de currar.
Supuse que no iba a tener mucho tiempo ya que era de
otro pueblo y tendría que ir y volver, le dije que no me
importaba que viniera sin ducharse.
Tuve que salir a recogerlo a las afueras
porque no iba a saber llegar a casa.
Acudí donde me dijo y ya estaba esperándome.
Con las botas llenas de polvo, unos vaqueros raídos amarillentos,
 un jersey oscuro con los elásticos que ya no les quedaba
elasticidad y un gorro de lana ya que era invierno 
y ése año hizo un frío de cojones.
Ya en casa me dijo soy nuevo en esto,
me vas a tener que enseñar.
Una vez en el dormitorio (y eso que decía que era nuevo),
me hizo arrodillarme
diciéndome que era su puta.
Me obligó a pasar la lengua por encima de sus botas,
sucias como estaban.
Hasta se permitió pisarme la nuca
mientras iba lamiendo.
Le desaté las botas con los dientes, y se las quité.
Tuve que meter el hocico en ellas hasta que él quiso.
Un espeso olor a pies invadió mis sentidos.
Deseé que fuera mi dueño, estando dispuesto a todo.
Le comí los pies con calcetos estirando de estos.
A medida que se los arrancaba
me los iba metiendo en la boca, llegando a
masticar el sucio entramado de hilos de algodón.
Le chupaba los dedos sin importarme el olor a sudor
y queso que tenían al estar dentro de las botas
durante todo el día.
Lamía la planta de los pies...
entre los dedos, debajo de las uñas...
El profundo aroma de sus pies invadía
cada rincón de la habitación.
Me agarró del pelo y metiendo la bragueta contra mi cara...
comenzó a restregarme su mugriento paquete...
en una pestosidad inenarrable.
Se quedó en calzoncillos y no me dejaba
verle la polla. A esas alturas, era lo que más deseaba.
Todo su afán era sobar el paquete contra mi cara.
Estuve un buen rato inhalando el aroma de las meadas
que impregnaban sus gayumbos.
Hasta que decidió sacarse la polla para que se la adorara.
La verdad es que, aunque no la tenía muy grande,
era una polla bonita, derecha, proporcionada,
con prepucio como a mi me gustan.
Estuve mirándole la polla casi diez minutos...
mientras se dedicaba a recordarme que era su puta,
alardeando de la cantidad de liquido preseminal que
le manaba del capullo.
Aquello era un río, en mi vida había visto nada igual.
Iba recogiéndolo en el cuenco de la mano
para acabar refregándolo por mi cara
como si fuera una mascarilla.
El muy cabrón me estaba poniendo como un berraco 
y yo me dejaba hacer. Me daba igual todo.
Me metió las pelotas dentro de la boca y empezó
a pajearse contra mi cara.
No me cansaba de saborear sus huevos.

El olor a meados y requesón de su capullo 
me tenía como drogado, tan intenso era.
Se dió media vuelta clavándome el culo en la cara.
El rancio olor a sudor de los pelos de su culo
me enloqueció de tal manera que saqué la lengua...
para lamer aquel ojete como pretendiendo
follárselo a lengüetazos.
Notaba un ligero sabor amargo dentro de la boca
producido por los restos que mi lengua encontró
al comenzar la comida de ojete que le estaba haciendo.
Mi boca producía tal cantidad de saliva que
parecía como si estuviera lavándome la cara 
entre sus nalgas.

Decidió que le mamara el rabo porque
tenía ganas de echar el lefazo que llevaba en los cojones.
Quiso meterme la polla hasta lo más profundo 
de la garganta, de golpe.
Cedí porque me estaba creyendo que era su perro.
Casi ahogándome con los jugos que ascendían 
de mi estómago y que me apresuraba a tragar,
comenzó la brutal follada de mi garganta. 
Culeaba sin parar, trágate mi puta polla,  me decía.
 Hasta que por fín, toda su potencia de macho
se estrelló en el fondo de mi garganta.
Conseguí tragar toda la corrida sin atragantarme.
Era imposible tratar de escupir
tal cantidad de semen.
Caí exhausto al suelo, me quedé tó tirao.
Aún me quedaron ganas de pedirle que se meara en mi boca,
tan perro me había puesto.
Se quedó mirándome y comenzó a ponerse la ropa.
Se vistió y tecleó algo en el móvil. Tengo prisa, dijo.
Le acompañé a la puerta y se marchó dejándome con la sensación
de que era él quien mandaba.

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